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Crítica de «True Detective»: El Michael Jordan de los espectáculos televisivos
Matthew McConaughey y Woody Harrelson, protagonistas de «True Detective»

Crítica de «True Detective»: El Michael Jordan de los espectáculos televisivos

Una joya que no necesita mirarse en ningún espejo y que los espectadores e internautas con recursos (cada uno de un tipo) no han sabido mantener en secreto

D�a 11/03/2014 - 20.03h

No voy a comparar la ansiedad despertada por el final de «True Detective» con la despedida de otras grandes series. Es inútil tratar de poner en una balanza calidades y repercusión, pero como la memoria es perezosa y amiga de lo inmediato, no está de más recordar una marca irrepetible: los 110 millones de espectadores que vieron el capítulo final de «Mash». Este domingo emitía la HBO el último episodio de «True Detective», una joya que no necesita mirarse en ningún espejo y que los espectadores e internautas con recursos (cada uno de un tipo) no han sabido mantener en secreto. «True Detective» le suelta la lengua a cualquiera, como el mejor interrogatorio de Rust Cohle. El duelo entre los críticos pos describir su grandeza ha sido épico.

En España, la vía oficial para disfrutarla era Canal+ Series, que apenas ha esperado al lunes para entregarnos el octavo y último chute del año. Era escuchar la música de The Handsome Family y nuestra espina dorsal se tensaba a la espera de otra dosis, en una Luisiana transformada en estado de ánimo. Qué será de nosotros a partir de mañana no lo sabe nadie, aunque a Nic Pizzolato le agradeceremos siempre que no optara por lo más fácil. Los gurús del spoiler no acertaron ni media en sus semanales aquelarres.

Con The Yellow King y Carcosa como gigantescos macguffins, «True Detective» planeó en su adiós por bucles temporales y planos infernales, se enfangó en el sexo sucio y la tierra caliente, mientras McConaughey seguía abrasando a Woody Harrelson con sus cargas de profundidad dialéctica. «Todos juzgamos, todo el tiempo. Y si eso te supone un problema, es que estás viviendo mal». Habría que preguntarle a Pe si en sus días de vino y rosas Matthew ya distinguía en el aire el sabor del aluminio y la ceniza. Con Woody de paciente escudero, el protagonista de «Dallas Buyers Club» da un paso más en su inexplicable transformación física, hasta acabar hecho un Cristo. En su nihilismo irreductible, la serie al menos nos da un respiro y el espectador divisa alguna ráfaga de fe. Es la luz contra la oscuridad, que nos deja un guiño reconfortante de optimismo de manos de un personaje que parece el hijo imposible de Cioran y Pavese.

El próximo lunes nos faltará algo y ni siquiera está claro que la próxima temporada recuperemos las sensaciones de esta serie irrepetible. Quizá debería haber muerto hecha mito.

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