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La presión de las privadas minó la relación entre Echenique y el Gobierno
Leopoldo González-Echenique

La presión de las privadas minó la relación entre Echenique y el Gobierno

La imposibilidad de cambiar el modelo de financiación de la corporación lo llevó a presentar su renuncia

Día 30/09/2014 - 01.22h

Entre el nombramiento de Leopoldo González-Echenique como presidente de RTVE y su dimisión han pasado dos años y tres meses. Cuando llegó, la corporación era una empresa sin rumbo ni capitán. Su antecesor, Alberto Oliart, había sido nombrado por el PSOE después de pactar su nombre con el PP, pero duró aún menos en el cargo. El exministro de Suárez fue nombrado a los 81 años en una compañía que había prejubilado gente con poco más cincuenta, pero su caso fue singular por otros motivos. Gobernó la transición hacia una cadena pública sin publicidad, aunque con una aportación del Estado todavía estable.

En julio de 2011 comenzaron los verdaderos problemas. Pasaban los meses y Zapatero apuró su mandato sin encontrar el modo de pactar un sustituto. Ya con Rajoy al frente del Gobierno, la llegada de González-Echenique se demoró otros seis meses.

Y además llegó sin consenso. El PP utilizó su mayoría para acabar con la obligación de nombrar al presidente de RTVE por mayoría de dos tercios del Congreso. El PSOE se negó a participar en lo que llamó «una farsa» y Echenique fue recibido con las escopetas cargadas y apuntando directamente a su cabeza. Él se sintió legitimado por el voto de 192 diputados, según declaró a ABC en la única entrevista que concedió durante su mandato, pero después comentaría a sus íntimos que en lo sucesivo sería preferible un nuevo pacto entre los dos grandes partidos, para evitar estas situaciones. Llegaba, por otro lado, con el aval de su brillante historial en Barclays Bank y NH Hoteles, y la tranquilidad añadida de pertenecer a un grupo de abogados del Estado de una generación a la que pertenecen Soraya Saénz de Santamaría y Miguel Arias Cañete, entre otros. Sin ser un afiliado al PP, era un hombre de confianza.

Leopoldo González-Echenique aterrizó en RTVE el 29 de junio de 2012, con el mandato de revisar de nuevo el modelo de financiación. «Si hace falta, volvemos a la publicidad, sin ningún tapujo», le dijeron. Una vez estudiados a fondo los papeles de la corporación, los números no salían. En los tiempos de las vacas gordas, RTVE llegó a conseguir la mitad de sus ingresos, 600 millones de un presupuesto de 1.200, gracias a los anuncios. Pero el mercado se había desplomado por la crisis, la cadena había perdido demasiada cuota de mercado y Echenique transmitió al Gobierno, antes de fin de año, que la vuelta al viejo esquema no serviría. En el mejor de los casos, se lograrían 250 millones de euros. «Una marcha atrás tampoco sería sostenible» fue la conclusión.

Fue entonces cuando se pensó en el sistema de patrocinios como un pequeño parche con el que arañar hasta 50 millones. Uteca, asociación que agrupa a las cadenas privadas de televisión, se reunió con la vicepresidenta del Gobierno para redactar las condiciones. Después del triunfo que había supuesto para las privadas conseguir que TVE no emitiera publicidad, estas no estaban dispuestas al menor paso atrás. Echenique pensó siempre que aquel documento se redactó mal a propósito para entorpecer la fórmula. Según se acordó, Competencia vigilaría a la cadena pública para que no se excediera con el «truco», pese a que la tarta total, de la que Atresmedia y Mediaset se comen más del 80%, superó en 2013 los 1.700 millones. A Echenique le parecía que 50 millones no era, desde luego, romper el mercado y que esa cantidad daría brillo a su programación

Presión de Uteca

Su sospecha siempre fue que aquella presión de las privadas impidió reformar la ley de financiación. Las relaciones seguían siendo cordiales con los responsables de las generalistas, pero estos, sin perder nunca la sonrisa, supieron transmitir el mensaje: «Como se abra el debate de la publicidad, atacaremos a muerte por todos los medios, audiovisuales y escritos». El tema se convirtió en tabú y el Gobierno no se atrevió a dar ningún paso. Sobre la mesa estaba, además, la tasa que se impone a los operadores de telecomunicaciones y de televisión, que estos recurrieron ante Europa, dado que no entendían que un sector tenga que subvencionar a otro. Hacienda empezó a plantearse como solución una cadena pública menos fuerte.

En junio de este año, después de infinidad de peticiones, a TVE se le escapaban los principales derechos deportivos, fundamentales para mantener la audiencia, y ni siquiera podía renovar sus propias series de éxito. Hasta que llegó la promesa de inyectar 130 millones a cambio de poner en marcha un nuevo plan de ajuste, en una cadena que ya había reducido sus gastos en casi un 40%.

Fuentes de la Casa confesaron que aquel dinero solo llegaría para pagar las nóminas hasta final de año, pero suponía un principio de colaboración. Parecía que el Gobierno había comprendido la imposibilidad de seguir así. A Echenique le prometieron que la situación se iba a arreglar si se comprometía a ahorrar hasta el último céntimo. Fue cuando se habló de medidas tan extremas como fusionar Teledeporte con La 2.

Por el camino también se produjeron numerosos errores, sobre todo de programación. También fue un desacierto echar a algunas personas, como Juan Ramón Lucas de RNE. Otros fallos se han intentado rectificar, sobre todo desde el nombramiento de José Ramón Díez como director de TVE. «Informe Semanal» volvió al horario de máxima audiencia, pero otros pasos en falso ya no tienen remedio. Quedarán para siempre en el expediente. Quien llegue ahora a RTVE deberá decidir cuál es el camino y ver si puede recorrerlo. Y tener en cuenta que los sindicatos esperan en pie de guerra.

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