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Nochevieja tradicional en TVE y neodestape en las privadas
Cristina Pedroche dando las campanadas en A3

Nochevieja tradicional en TVE y neodestape en las privadas

José Mota, Anne y la capa en La 1. Pedroche reafirma la transparencia

D�a 02/01/2016 - 13.36h

La Nochevieja renueva sus costumbres. Ya era norma el rojo de Anne Igartiburu junto a Ramón García, el Bela Lugosi de la Puerta del Sol, y la Pedroche funda ahora algo así como una tradición: el despelote entrevisto.

El «neodestape» de la nueva transición. Una cosa que a estas alturas tampoco va a escandalizar a nadie.

Antes tuvimos lo de Mota, que merece comentario. No estuvo a la altura del año anterior. Tuvo golpes buenos: la cara de Daniel Craig, el «futerem caguerada» de Mas (lo mejor), el diputado pegado al escaño, la captación sutilísima y magistral del último tic de Rajoy, el nerviosismo de Albert Rivera en el debate o la risa de Montoro. En realidad, muchos aciertos; y el mejor quizá fuera su Ada Colau, inventándose un belén, o el anciano, el rostro de ese actor que hacía de jubilado. Pero luego Mota tiene la contumacia de la recochura, llamémosle así, demasiada canción y el abuso del humor político, que le sale pelín demagógico.

Al final salía cantando con Rosa, pero ¿de quién hacía? ¿De Mota?

Pero al fondo de la noche llegamos por Cristina Pedroche. Si el año pasado tenía algo de chica de la Hammer en salto de cama, en esta ocasión llevó un vestido tapete. Parecía un susú (o pepito) cuando se le ha ido cayendo el azúcar. Su decoro lo salvaban tres estrellas Michelin de pedrería.

Pero tan interesante como eso era su capa de oso polar ártico. Parecía una capa-alfombra para hacerle un «Wham» al calor de un fuego.

Los del «Cámbiame» respondieron en Telecinco con una gratuita exhibición de lencería. Lo vistieron de autoayuda («Tu piel, tu mejor traje»), pero con un JB cola en la mano parecía eso el desfile en un piso de suripantas.

«Cámbiame»

Pedroche enseña, pero enseña territorios pudibundos. Qué nostalgia de Sabrina, del seno liberto de Sabrina. ¡Eso fue libertad! La libertad la presentimos esa noche, en los ochenta. Lo de ahora es un destape pautado.

La noche-Pedroche tomó dos caminos. Por un lado: la transparencia. No sólo ella. De forma más moderada: Anne Igartiburu, Cristina Rodríguez, la chica del concurso de La 1, o luego, en las altas horas de las galas morenas, en los desfiles de Pietro Valvede. ¿Qué hacían esos desfiles a esas horas? Eran el homenaje de Moreno a lo sublime en la noche de los tiros largos. Es magnífico. Cuando bajamos la guardia, en el sopor del langostino, ¡zas! Nos cuela un esteticismo.

¿Pero qué tiene la transparencia? Hay algo de trampantojo, de engaño moderno, mucha mentira ?el simulacro de Baudrillard?, porque parece que nos enseñan más de lo que vemos. Fingimiento, velada desnudez. La transparencia, como diría Quintano, al final es más socialdemocracia.

No tocamos a Pedroche (oh, ilusión ebria del HD), ni siquiera vemos a Pedroche: parece que la vemos.

Fue una noche machista: ellas salían cosificadas y guapísimas, pero los presentadores eran acompañantes cerúleos. Repasemos: Ramonchu de los Cárpatos, Sobera mal afeitado, y Chicote. También Pelayo con un traje de David Delfín con arnés de paracaidista (Principito desesperado) haciendo de it; y Pepe Viyuela de boy, que parecía que lo llevaban de la mano Cerezuela y Eva González. Ahí hubo un vislumbre de revista: mujerón y señor bajito a lo Camoiras. Eso: Viyuelas y Pelayo eran modernos Camoiras.

Este comentario de sensibilidad feminista es la coartada para decir, a continuación, que quizás fuera Marta Torné la más atractiva de la noche, con y sin ropa.

Ellas se rendían («Está estupenda»), y ellos decían eso de: «Ná, cariño, tú estás mejor», mojando la lascivia en otro trago de sidra El Gaitero.

La otra ramificación de la noche-Pedroche fue lo latino, lo redondo y lo carnoso. Es decir: el reggaeton, que nos ha colonizado por fin y para bien.

Los modernitos se fueron a Cachitos, en La 2, a descubrir a Luis Aguilé o cualquier cosa. Los otros zapearon buscando con qué bailar en las galas de La1 o Telecinco, o en el refrito de Antena 3 ?que se gasta en artistas lo que Podemos en economistas?.

El vestido de Pedroche lo habían llevado antes J-Lo, Kardashian o Beyoncé. Divas de la nueva rotundidad. Lo más parecido de nuestra tele es Pedroche. Pues eso: jamona y ritmos latinos (a Taylor Swift sólo jugó Edurne). No somos Miami, pero España asume lo latinorro y la silueta «culo de mula», que diría Pitbull. Por ahí tenía que aparecer, en esa tesitura, Kiko Rivera, que hizo un asombroso dúo con Patricia Manterola. Parecía eso la realización de alguna fantasía MILF del diyei.

Kiko llevaba una abombada gorra de rapero que ponía LA y una sudadera de números enormes. Iba muy tapado: barba poblada, gafas de sol-dador, como si sus facciones fueran un tabú. Le faltaba el niqab. Hacía de rapero satélite alrededor de la Manterola con el micro agarrado como un bote de ketchup. Parecía un amigo de Benzema.

Algo de impostura tenía el número, porque si no cómo iba a cantar: «Soy yo, tu sexy boy, devórame la piel desde principio a fin» (¡Pues no hay piel!). Rivera hacía ese gesto internacional de tocarse el corazón y señalar luego, como ofreciéndonos sus coronarias.

La única persona en toda la noche que se movió menos que él en el escenario fue Bertín Osborne. Cantó «New York, New York», que podría ser perfectamente «Jerez, Jerez». Lo que Sex Pistols hicieron con «My Way» lo ha hecho él con New York: destrozar a Sinatra.

Luego hizo un número con Arévalo y descubrimos que hablan muy parecido. Ahí ha habido una confluencia de elocuencias. ¿Será Arévalo el secreto del nuevo boom Osborne? ¿No es este el Bertín post-Arévalo?

El gran Arévalo ha sido también como el inicio de su «rat pack» (soñemos: Bertín, Arévalo, Juan y Mmedio? juntos).

A esas horas, los salones ya eran clases de zumba y se zapeaba de gala en gala buscando «La Gozadera» (¡Gente de zona!) o «Yo me paré un taxi».

No le pidamos más a una Nochevieja. Mejor empezar por lo bajo, que así tenemos todo el año para mejorar.

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