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«Lo más bonito que nos ha pasado» en «Operación Triunfo»

«Lo más bonito que nos ha pasado» en «Operación Triunfo»

TVE consigue un 24?8% de audiencia con el primer programa del reencuentro

D�a 18/10/2016 - 04.50h

En el 2001, a la vuelta del milenio, algún vacío debía de haber. Aún vendían discos La Oreja de Van Gogh, Estopa, o Manolo García. El premio a Rosa se lo dio David Civera, que por entonces cantaba «Dile que la quiero» a muchas menos revoluciones de las que luego alcanzarían Bustamante o Bisbal. Un hueco enorme había y lo llenó «Operació Trunfo» (OT). Empezaron viéndolo 6 millones de personas y rozaron los 13 en la gala final. Millones de discos vendidos, y lo que es peor, millones de emuladores en karaokes y en los innumerables «talent shows» que llegarían. La televisión hizo con la música lo que diez años después haría con la política. Los voces fueron a la tele y la tele las devolvió pulidas de formas por Nina, antigua azafata de «Un, Dos, tres», el hito con el que iba a emparentar el programa.

Gobernaba Aznar, daba las noticias Urdaci y la crisis sólo era la sospecha insomne de un excéntrico perdido en el sistema financiero de EE.UU. El No a la Guerra anticipaba la fractura de ZP. Ese cambio social estaba cerca, y OT fue un momento fraternal congelado en el tiempo. No existía Twitter, no recibieron el veneno de la ironía.

TVE encargó a Gestmusic un programa que diera tres carreras musicales y un representante para Eurovision. Mainat, el de La Trinca, uno de los creadores, después de reunir a España ante la televisión decidió hacerse independentista. «Europe?s living a celebration» fue el último gran intento español por conquistar Eurovision antes de dar por perdido en el kitsch tanto europeísmo. Y las carreras se alcanzaron: OT puso un micrófono y Busta y Bisbal se aferraron como un náufrago a la mano del voluntario. Desde entonces rivalizaron en agarrarlo con una nueva energía, nada que ver con la languidez de Julio Iglesias y los melodistas tradicionales.

La patada de Bisbal (extraño kung-fu almeriense, Sarasate hacia fuera con algo de puntapié de Chiquito) llegó a América, y Busta se convirtió en cantante majo, lo más cerca que podía estar España de otro Manolo Escobar.

El flamenco y la copla desaparecían. Apenas un reducto para Nuria Fergó y Manu Tenorio, que en el reencuentro, con esas dos efes tatuadas en los antebrazos, parecía un contrabajo.

Rosa, centro del programa, no era coplera. Era una voz negra en el cuerpo de dos mujeres blancas. Y encima de Graná. OT fue su Pigmalion inacabable. «No puedo ver vídeos. Me da rabia verme así. Al volver a Granada empiezo a comer, a hablar como antes. Estoy entre dos realidades, y no pertenezco enteramente a ninguna». Rosa no podía ser una folclórica, ni iba a tener torero. Buena como sólo España puede dar bondad, su pena era la dieta. Estaba hecha de piedad y música disco. Le salía esa música como naranjas a una encina.

Ella fue la primera en llegar a la casa rural. La reclusión forma parte del formato. Tenía eso algo de «Los amigos de Peter». El trauma de OT lo personifica Rosa, pero la Fama les alcanzó a todos, y de ella hablaron reunidos allí como en un Proyecto Hombre. Como si hubieran pasado por la heroína, algo maravilloso y letal. Los que no tuvieron éxito repetían «yo estoy feliz, yo estoy feliz...».

Insistían en la idea de grupo, de familia incluso. Si había alguna queja era para el programa, no para los compañeros. «A unos les pusieron un disco, a mí me mandaron a un grupo», dijo Álex. «Fórmula Abierta», una de las secuelas. Estaba Geno, que regenta una academia para conseguir minitriunfitos en Marbella; la prodigiosa Mireia, a la que no conoce nadie habiendo estado en el programa más exitoso en lo que llevamos de siglo; y Javián, siempre ajeno, que apareció con melena y una camiseta de Def Leppard como si acudiera a un programa de empeños a vender su micro.

La Fama nunca hirió a Juan Camus, el fascinante antihéroe del programa, que acudió aunque no estará en el concierto del Palau Sant Jordi. A Rosa le preguntaron cómo era cantar ante un estadio lleno. «Es como un plato de lentejas. Tantas cabecitas...».

El último en aparecer fue Bisbal. No se vio bien, pero le dio un sentido abrazo a Chenoa. Luego le sacó una sonrisa cuando, con los ojos cerrados, ella reconoció el inconfundible vibrato bisbaliano en «Lucía». También consoló a Rosa cuando rompió a llorar. Se lloró mucho, pero él parecía remiso, frío, aunque al lado de Bustamante ¿quién no daría esa impresión?

TVE se especializó en nostalgia y el programa bordó un reencuentro con algo de «Verano Azul» (no será el último). Tuvo también esa parte del «Qué fue de»: Alejandro Parreño apareció con la misma gorra y la misma lata de «a mí me gusta el rocanrol, no sé qué hago aquí»; y Naím Thomas habló en pantalón corto. Es un hombre que nació para estar en una «boy band». Vero vive en Los Ángeles. La llamó el-hombre-que-descubrió-a-Madonna. Allí hace surf, compone e interpreta su música en clubes nocturnos vestida como Beyoncé en el «Single Ladies». Malevo la definió como la nueva Karina.

Los 80 acabaron convertidos en remember. Aunque todas sus canciones era antiguas, ahora le toca a OT. La nostalgia es un barniz pegajoso que hace las cosas eternas.

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