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El capitán Alonso de Contreras, la increíble historia que inspiró la saga de Alatriste

El capitán Alonso de Contreras, la increíble historia que inspiró la saga de Alatriste

No fue tampoco el hombre más honesto ni el más piadoso de su tiempo, pero desde luego Contreras era un hombre valiente. Tras combatir rebeldes en Flandes e ingleses en el Caribe, su mayor empeño fue frenar a los turcos en el Mediterráneo, donde en una ocasión luchó gravemente herido sin más opciones que «cenar con Cristo o ir a Constantinopla»

D�a 07/04/2015 - 20.06h

Entre críticas a los aspectos técnicos y un dato de audiencia nada lustroso, Telecinco ha emitido por fin el primer capítulo de la serie «Las aventuras del capitán Alatriste», basada en la obra literaria de Arturo Pérez-Reverte. «Decidí hacer esta novela al ver que un libro de texto que tenía mi hija liquidaba el Siglo de Oro en página y media», afirmó el autor de la saga en una entrevista a «El Correo» en 1996. El personaje de Diego Alatriste, un veterano de los tercios de Flandes que se gana la vida como matarife en el Madrid del siglo XVII, es el aventurero que el escritor diseñó para acercar el Siglo de Oro a las actuales generaciones. Es, en efecto, un personaje de ficción, pero con profundas raíces en la tradición de soldados-escritores que dejaron testimonio de sus prodigiosas vidas.

Las historias del Duque de Estrada, de Jerónimo de Pasamonte, de Miguel de Castro y, especialmente, de Alonso de Contreras inspiraron a Reverte a crear su más famosa obra. Y algunos de estos, como el capitán Contreras, no solo comparten elementos biográficos con el personaje, sino que aparecen en varias tramas de los libros. En la ficción, el militar español es un viejo conocido de Alatriste de las campañas de Flandes y sirve de nexo para que el héroe conozca al dramaturgo Félix Lope de Vega, quien fue un gran amigo de milicianos y se hacía pasar por un rudo veterano. Aunque, en realidad, la participación militar del «Fénix de los Ingenios» fue más bien escasa y se limitó a su anecdótica presencia en la batalla de las Terceiras.

Alonso de Contreras relató con todo detalle su carrera militar en un manuscrito rescatado del olvido en 1900, «Vida de este Capitán», que en una de sus últimas ediciones cuenta con un prólogo firmado por el propio Arturo Pérez-Reverte. El escritor cartagenero muestra su fascinación por el estilo «seco y sin llover» de las memorias del capitán madrileño y reconoce la influencia que tuvo en su obra. Como hizo Alatriste a la misma edad, las memorias de Contreras se inician cuando con catorce años le dice a su madre que «se va a servir al Rey» y se escapa para alistarse como tambor en las tropas que el archiduque Alberto de Austria llevó hacia Flandes el 7 de septiembre de 1597.

Antes de aquello, con solo 13 años, el madrileño dio muestra de la falta de timidez para agarrar el acero de la que siempre hizo gala. Un compañero le acusó en clase de una fechoría infantil y el maestro le bajó los pantalones delante de todos para darle una azotaina. A la salida, Alonso se abalanzó sobro el acusica y le dio tantos pinchazos con el cortaplumas que le quitó la vida. Condenado a un año de destierro de la Corte, fue a su regreso cuando el adolescente decidió alistarse en el ejército.

Aventura en Italia, desventura en Flandes

Explica el joven, en un tono que recuerda a la picaresca de la época, que a causa de un engaño desertó de la unidad con la que viajaba a Flandes y se fugó a Nápoles. «Senté la plaza en la compañía del capitán Mejía, y caminando por nuestras jornadas, ya que estábamos cerca de Flandes, mi cabo de escuadra, a quien yo respetaba como al Rey, me dijo una noche que le siguiera, que era orden del capitán, y nos fuimos del ejército, que no era amigo de pelear», escribe sobre los motivos de su deserción. De Nápoles viajó a Palermo, donde embarcó en las galeras de Pedro Álvarez de Toledo y Colonna, que luchaban contra los turcos y los piratas berberiscos desde su base en Malta.

En una actividad militar que recuerda a las aventuras narradas por Pérez-Reverte en el sexto libro, «Corsarios de Levante», Contreras aprendió rápido el arte de la navegación y, con solo 19 años, recibió el mando de una fragata para vigilar las costas griegas y espiar a los turcos, de los que llego a aprender su lengua. Allí ejerció el corso, actividad en la que destacó con hazañas como conseguir secuestrar a un rico judío de Tesalónica que trabajaba para el Gran Turco, o a la amante del Solimán de Catania. «Aunque en rebeldía, supe que Solimán de Catania había jurado que me había de buscar y, en cogiéndome, había de hacer a seis negros que se holgasen con mis asentaderas, pareciéndole que yo me había amancebado con su amiga. No tuvo tanta dicha de cogerme», narra en su biografía sobre la importancia de su rehén.

Nombrado alférez de infantería antes de cumplir los 21 años, su carrera ascendente se vio truncada por dos desencuentros con la justicia. En 1606, Contreras se casó con una rica viuda española que vivía en Sicilia, a la que mató dos años después al descubrirla en la cama junto a un amigo suyo. «Los maté a los dos -escribió inicialmente en su biografía, para luego tacharlo y poner:- «Murieron, Dios se haya apiadado de ellos». Es por esta razón que regresó a Madrid, sin dar cuenta a las autoridades, para intentar conseguir patente de capitán. Sin lograr avanzar en sus pretensiones, se retiró como ermitaño a una zona del Moncayo, donde fue acusado de ser el rey de los moriscos.

«Metiéronme en la cárcel con gran guarda, donde estuve aquella noche encomendándome a Dios y haciendo examen de mi vida, sobre por qué podían haberme preso con tanto cuidado». Todo vino porque unas armas que fueron encontradas en una casa de moros de Hornachos, se dijo que eran suyas, y que se había ido al Moncayo porque era una zona estratégica entre Castilla y Aragón para levantar una revuelta morisca. Y aunque fue absuelto, prefirió poner tierra en dirección a Flandes por si cambiaban de opinión, donde sirvió como oficial en la guarnición de Cambrai.

«O a cenar con Cristo o a Constantinopla»

Pero quizá la mayor diferencia con respecto al personaje de Alatriste -cuyo pupilo y biografo en la ficción, Iñigo de Balboa, también sufre la persecución de la Inquisición en el segundo libro- es la vocación marítima de Alonso de Contreras. Tras su breve paso por Flandes, el soldado castellano volvió otra vez al Mediterráneo e ingresó como novicio en la Orden de Malta.

En una de las batallas navales en las que participó en esos años, el soldado español narra que, enfrentándose a una fuerza que les superaba en número, pero no en calidad, como era habitual en el Mare Nostrum, «al amanecer, día de Nuestra Señora de la Concepción, el capitán del navío mandó que todos los heridos subiesen a cubierta a morir porque dijo Señores, o a cenar con Cristo o a Constantinopla. Subieron todos, y yo entre ellos, que tenía un muslo pasado de un mosquetazo y en la cabeza una grande herida que me dieron al subir en el navío del enemigo, con una partesana». Por supuesto, la arenga sirvió para obtener una victoria que parecía imposible y para que Contreras añadiera otra victoria a su hoja de servicios.

Siguiendo en la mar, ya como capitán de infantería participó en una expedición a América para ejercer el corso en la zona de Puerto Rico contra los ingleses. En las Antillas, inició la persecución de un pirata al que llama Guatarral (el hijo de sir Walter Raleigh), que mató y arrebató su flotilla.

En 1616 volvió España y en la corte trabó amistad con Lope de Vega que lo alojó ocho meses en su casa y le dedicó la comedia «El rey sin reino». No obstante, una vez más su estancia en Madrid le valió de poco en sus aspiraciones de ascenso y pidió licencia para marcharse a Sicilia. Allí fue nombrado gobernador de Pantanalea, una isla de la costa de Berbería, a cargo de ciento veinte soldados españoles. Su biografía, sin embargo, se interrumpe poco después, en 1630, sin que queden muy claros los detalles del resto de su carrera.

Al menos costa que el Papa, por mediación de Lope de Vega, llegó a recibir al capitán español y le concedió el título de Caballero Comendador de la Orden de San Juan de Jerusalén al conocer su increíble trayectoria. Un objetivo que siempre anhelo, por ser la forma máxima de combatir a los turcos en ese tiempo.

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