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Ocho gazapos históricos de «Carlos, Rey Emperador»

El historiador Alfredo Alvar explica los aciertos y errores de la serie de TVE

D�a 10/11/2015 - 00.00h

1«Carlos, Rey Emperador»: rigor con algunas licencias

«Carlos, Rey Emperador»: rigor con algunas licencias

La realidad supera a la ficción, pero los guionistas rara vez se resisten a la necesidad o tentación de adornarla. Otras veces las discrepancias con la historia real son fruto de la ignorancia. En «Carlos, Rey Emperador», TVE ha contratado asesores para soslayarla. Uno de ellos es Alfredo Alvar, historiador y profesor de investigación del CSIC, que además colabora con «El mundo de Carlos», programa con el que la cadena pública viste su nueva serie estrella.

Defensor radical de su profesión, si es preciso «agresivamente», a Alvar le tiembla la pajarita cuando oye hablar de novela histórica. «Son milongas para vender, un camelo. No es necesario inventar. Hay que hacer un relato lo más aproximado. El historiador tiene unos conceptos teóricos y metodológicos a los que no llega un narrador», asegura.

Para este miembro de la Real Academia de la Historia, la valoración general de «Carlos» es muy positiva: «Es fabuloso lo que se está haciendo. Estoy encantado del riesgo tremendo que se ha corrido, primero con ?Isabel? y ahora con ?Carlos?. Son rigurosas, aunque no documentales. El esfuerzo económico y creativo es sorprendente. Puede tener errores, como toda obra de creación, pero han buscado más la satisfacción de la verdad que hacer una payasada».

Pese a alabar el «esfuerzo ímprobo», el historiador no pasa por alto las imprecisiones, «porque pueden generar que el espectador no sepa discernir dónde está la verdad». Por eso, considera fundamental el apoyo ofrecido por TVE en internet, donde matiza e incluso corrige las licencias de guión. ¿Se podría hacer una serie con menos libertades? «No tengo la más mínima duda», responde. «Sospecho que el guionista se ve azuzado por el problema de la audiencia, pero una televisión pública tiene la obligación de hacer las cosas correctamente», insiste.

Con el trabajo de los intérpretes, Alvar mantiene su espíritu crítico: «Se ve que en algunos hay aplomo y tablas y que otros andan? madurando». Los diálogos, sin embargo, un punto conflictivo por cuanto es imprescindible inventar, le parecen brillantes: «Estoy encantado. El uso de la lengua española no es recargado ni pesado. Hay ficción, se ha modernizado el estilo, pero se ha sabido equilibrar. Lo que no se debe hacer, como ocurre en otras series, es meter problemas y mentalidades actuales trasladadas al pasado. Dan una grima tremenda».

El vestuario también le parece «espléndido», pese a sus toques modernos, al igual que los decorados y las localizaciones, aunque al protagonista «le habría metido más centímetros de mandíbula» para ilustrar su célebre prognatismo. Menos veraces son la excesiva pulcritud y los dientes de los personajes, así como las uñas, las orejas y el pelo, «que no va apelmazado por la grasa y los perfumes». Y las pieles ?se ve en las escenas de desnudos? «son demasiado suaves». «Pero bueno? Lo que han visto casi tres millones de españoles es un problema constitucional implacable en la España de los inicios del reinado de Carlos. No es un cuento. Es un conflicto muy serio y a la vista está que lo han sabido solucionar. Era muy complicado», concluye.

«Me siento muy orgulloso»», resume Alvar. «Me alegro por los espectadores y por mis colegas, los historiadores. Somos socialmente útiles y necesarios». La explotación del filón no ha hecho más que comenzar: «Fíjese en todas las películas de vaqueros que hay, y son unos energúmenos, unos cerdacos».

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